¿Cuánto cambiamos realmente?
Reconocer un derecho no es lo mismo que aceptar a quienes lo ejercen. Sobre Palermo, las infancias trans y lo que todavía nos debemos como sociedad.
Anoche, en los Bosques de Palermo, en Buenos Aires, decenas de jóvenes en bicicleta persiguieron y golpearon con palos a mujeres trans que estaban trabajando. Lo filmaron. Lo subieron a redes con emojis de risa. Lo celebraron.
No fue solamente una agresión. Fue una violencia ejercida en grupo, pensada para ser vista.
Hay algo en esas imágenes que me resulta profundamente perturbador. No solo la violencia, sino la tranquilidad con la que se ejerce. La facilidad con la que el sufrimiento de otra persona se convierte en espectáculo. La necesidad de mostrarlo, de compartirlo, de recibir aprobación.
Pocos días antes, en Uruguay, un comunicador se preguntó en la televisión pública si, ante un hijo de ocho años que le dijera que se siente nena, debía pegarle un tiro y terminar con el problema. Después reconoció que sus palabras fueron ofensivas y violentas, y pidió disculpas. Ese reconocimiento importa. Pero no cierra la pregunta de fondo: cómo llegamos a considerar posible introducir, en una conversación televisiva, la imagen de un disparo contra una infancia trans.
Son dos hechos distintos, en dos países distintos. Pero me devuelven a una pregunta que hace tiempo me acompaña y que episodios como estos vuelven imposible de esquivar.
¿Cuánto cambiamos realmente como sociedad?
En las últimas dos décadas, América Latina vivió transformaciones que parecían impensables. Argentina aprobó en 2012 su Ley de Identidad de Género. Uruguay sancionó en 2018 la Ley Integral para Personas Trans. Se reconocieron identidades, se abrieron espacios de participación, y personas condenadas durante generaciones al silencio empezaron a tener voz pública.
Nada de eso fue un regalo. Detrás hubo décadas de militancia, persecución, organización y resistencia, muchas veces pagadas con la vida. Sería profundamente injusto desconocer lo que esas conquistas significaron para millones de personas.
Pero hoy me animo a una pregunta que quizás no discutimos lo suficiente: ¿transformamos nuestras sociedades, o transformamos sus marcos legales mientras muchos prejuicios seguían intactos?
No creo que la respuesta sea una u otra. Las leyes también transforman la cultura: cuando un Estado reconoce un derecho, modifica lo que una sociedad considera legítimo, posible y justo. Pero una ley no borra por sí sola lo que durante generaciones se enseñó en las familias, se reprodujo en las instituciones y se naturalizó en la vida cotidiana.
Tal vez confundimos, en algunos momentos, el reconocimiento de un derecho con la aceptación social de quienes lo ejercen. No son lo mismo. Podemos reconocer legalmente la identidad de una persona trans y seguir construyendo una sociedad donde esa misma persona tenga miedo de caminar por la calle. Podemos hablar de diversidad en nuestras instituciones y seguir permitiendo que la diferencia se use como insulto.
La antropóloga Rita Segato habla de una “pedagogía de la crueldad”: las prácticas que nos enseñan a mirar el sufrimiento ajeno sin conmovernos. Y ha insistido en que cierta violencia no es solo un acto, sino un mensaje. Se dirige a la víctima, pero también a los pares, ante quienes el agresor demuestra pertenencia, y a toda la sociedad, a la que le recuerda quién manda y quién debe tener miedo.
Por eso lo de Palermo no termina en los cuerpos golpeados. Continúa en lo que se les transmite a todas las demás:
Esto también te puede pasar a vos.
Ahí está una de las formas más crueles de la discriminación. No necesita agredir a todas. Le alcanza con que muchas empiecen a vivir con miedo.
Judith Butler ha pensado cómo las sociedades fijan marcos que deciden qué vidas son reconocidas, protegidas y dignas de duelo. Esa idea obliga a otra pregunta: ¿en qué momento empezamos a discutir la identidad de una persona como si su derecho a existir dependiera de nuestra aprobación?
Podemos debatir políticas públicas. Podemos discutir cómo se implementan las leyes, qué se enseña, qué le corresponde al Estado. Eso es la democracia. Pero hay algo que no debería estar en discusión: la dignidad humana no depende de una mayoría, de una encuesta ni del resultado de una elección.
No toda persona que discrepa con una política pública promueve la violencia. Sería injusto afirmarlo. Pero las palabras de quienes ocupan lugares de poder tienen consecuencias. No es lo mismo una discusión entre vecinos que un mensaje dicho desde un gobierno, un parlamento o una pantalla de televisión. La autoridad amplifica. La repetición normaliza. Y cuando se presenta a un colectivo como una amenaza, siempre hay quien escucha una autorización.
Por eso la responsabilidad pública no termina en lo que alguien quiso decir. También exige preguntarse qué está ayudando a legitimar.
Hablamos mucho de libertad. De expresarnos, de opinar, de disentir. Todo eso es fundamental. Pero Angela Davis nos recuerda que la libertad no es una conquista individual: necesita condiciones colectivas.
Entonces, ¿qué libertad tiene una mujer trans que calcula por dónde caminar para evitar una agresión? ¿Qué libertad tiene una adolescente que teme contarle a su familia quién es? ¿Qué libertad tiene quien sabe que mostrarse en público puede costarle amenazas y campañas de hostigamiento?
No podemos llamar libre a una sociedad donde algunas personas se expresan sin consecuencias mientras otras pagan un precio enorme por existir.
No alcanza con tener derecho a hablar si ejercerlo significa quedar expuesto a la violencia. No podemos llamar libre a una sociedad donde algunas personas se expresan sin consecuencias mientras otras pagan un precio enorme por existir.
Hay algo más. La violencia se volvió colectiva también en su forma de circular. Ya no basta con insultar: hay que viralizar. Ya no basta con agredir: hay que grabar. Las mismas redes que ayudaron a visibilizar luchas y democratizar voces pueden convertirse en lugares donde el odio encuentra comunidad, reconocimiento y recompensa. Y entonces la pregunta ya no es solo qué piensa una persona, sino qué pasa cuando miles encuentran pertenencia en el desprecio hacia otras.
Quizás una de las señales más inquietantes de este tiempo sea que hay quienes ya no sienten la necesidad de esconder su crueldad. La exhiben. La celebran. La convierten en contenido.
Pero indignarse, aunque necesario, no es suficiente. bell hooks entendía que la transformación social no podía limitarse a cambiar instituciones: también tenía que cambiar la forma en que aprendemos a relacionarnos, a reconocer al otro y a ejercer el poder.
Ahí tal vez esté nuestra gran deuda. Avanzamos en derechos, pero no siempre acompañamos esos avances con procesos educativos y culturales de la misma profundidad. Y cuando aparecen discursos que presentan ciertas identidades como una amenaza, descubrimos que parte de la discriminación nunca se había ido. Estaba ahí: en silencio, contenida, esperando legitimidad para volver a expresarse.
Tenemos que preguntarnos cómo se construye una educación que no solo enseñe qué derechos existen, sino por qué existen. Cómo se trabaja con las nuevas generaciones para que la diversidad sea una forma cotidiana de convivir y no un concepto aprendido. Cómo se fortalecen instituciones capaces de proteger a quienes son discriminados. Cómo se construyen medios conscientes de su responsabilidad. Y cómo logramos que la defensa de la dignidad no dependa de la sensibilidad de quien gobierne.
Los derechos necesitan leyes, instituciones, recursos y políticas públicas. Pero también necesitan una sociedad que los sienta propios. Que no mire para otro lado cuando alguien es humillado. Que no busque justificaciones cuando la víctima pertenece a un colectivo históricamente discriminado. Que no confunda libertad de expresión con un supuesto derecho a deshumanizar. Y que entienda que defender los derechos de otra persona no implica perder los propios.
Durante mucho tiempo creímos que el progreso avanzaba solo. Que cada generación sería, por naturaleza, más abierta y más respetuosa de las diferencias. La historia no funciona así. Los derechos se amplían, y también retroceden. Por eso no basta con celebrar lo conquistado: hay que sostenerlo, profundizarlo y transmitirlo.
Vuelvo a las imágenes de Palermo. A esas mujeres corriendo. A los palos. A las cámaras encendidas. A las risas. Y me pregunto qué pasó antes de que esos chicos llegaran ahí. Qué escucharon. Qué aprendieron. Qué vieron en sus pantallas. Qué idea se hicieron de la vida de esas mujeres para creer que podían tratarlas así.
No tengo todas las respuestas. Pero sería un error pensar que el problema empieza y termina en quienes agredieron. Una sociedad también se expresa en las violencias que tolera, en los prejuicios que reproduce y en los silencios que elige sostener.
Que una niña trans no necesite valentía para decir quién es. Que una mujer no tenga que demostrar que merece respeto. Que nadie deba agradecer que se le permita vivir con dignidad.
Quizás el verdadero progreso no se mida solo por los derechos que una sociedad escribe en sus leyes, sino por la tranquilidad con la que cada persona puede salir a la calle a ejercerlos.
Mientras haya quienes vivan con miedo por ser quienes son, la pregunta seguirá abierta.
¿Cuánto cambiamos realmente?
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