Ninguna infancia debería tener que defender su derecho a existir
Sobre la responsabilidad de quienes comunican y el cuidado que les debemos a las infancias.
Hace pocos días, en un programa de televisión abierta, se habló de la situación de una niña o un niño que expresaba quién es y cómo se percibe. Frente a eso, uno de los comunicadores presentes respondió con una frase que nunca debió decirse, y menos al aire.
Hay cosas que no pueden seguir pasando como si nada. Y mucho menos en un medio de comunicación.
Que un niño o una niña pueda expresar lo que siente, quién es o cómo se percibe no debería despertar violencia, sino escucha, amor, respeto y acompañamiento.
Pero que un comunicador, frente a una situación así, diga «le pego un tiro y chau problema», aunque pretenda disfrazarlo de ironía, es de una gravedad enorme.
No todo es humor. No todo es provocación. No todo puede justificarse en nombre de la libertad de expresión.
Estamos hablando de infancias. De personas que están construyendo su identidad, que necesitan entornos seguros, familias que las abracen y una sociedad que no las condene por ser quienes son.
Podemos discutir, preguntarnos, aprender y hasta tener miradas diferentes. Lo que no podemos es naturalizar que la violencia aparezca como respuesta a la diversidad.
Y hay algo más que me preocupa profundamente: ¿qué mensaje recibe una niña o un niño que está atravesando una situación similar cuando escucha semejante barbaridad en televisión? ¿Qué siente? ¿Qué miedos se despiertan? ¿Cuánto daño podemos hacer desde un micrófono?
La responsabilidad de quienes comunican no termina cuando se apaga una cámara.
Hemos recorrido demasiado camino en la conquista de derechos como para aceptar que la ignorancia, el prejuicio y la violencia vuelvan a ocupar espacios de legitimidad.
Las infancias no necesitan que las juzguemos por lo que sienten. Necesitan que las escuchemos, las cuidemos y las queramos.
Y si todavía hay quienes no pueden comprender algo tan sencillo, quizás sea hora de preguntarnos cuánto nos falta avanzar como sociedad.
Porque ninguna infancia debería tener que defender su derecho a existir. Mucho menos de los adultos que tenemos la responsabilidad de cuidarla.