
No soy solamente lo que se ve
No sé muy bien por dónde empezar a contar quién soy. Quizás porque nunca me gustaron demasiado las definiciones. Esas que intentan resumir una vida en una profesión, un cargo, una pertenencia política o un puñado de acontecimientos.
Soy Agustín. Soy muchas cosas. Algunas me gustan, otras me cuestan y hay unas cuantas con las que todavía estoy intentando reconciliarme.
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Soy hijo, hermano, nieto, compañero, amigo. Soy odontólogo, trabajador de la salud y militante político. Pero, antes que todo eso, soy el resultado de una historia. De las personas que me abrazaron, de las que me enseñaron, de las que me hicieron reír hasta dolerme la panza y también de aquellas que me lastimaron profundamente.
Nací en Montevideo, pero buena parte de mi infancia transcurrió entre Durazno y Baygorria. Ese pequeño pueblo que sigue siendo mi lugar en el mundo. Allí conocí una libertad difícil de explicar, construí amistades, viví aventuras extraordinarias y también atravesé algunos de los dolores más grandes de mi vida.
Durante mucho tiempo pensé que había que elegir qué parte de nuestra historia contar. La linda o la fea. La que nos llena de orgullo o la que nos avergüenza. Hoy creo que somos justamente esa mezcla, a veces bastante desordenada, de todo lo que nos pasó.
No soy solamente lo que conseguí. También soy todo aquello que me costó llegar hasta acá.
Conocí la política siendo muy joven. Y cuando digo política no hablo solamente de partidos, elecciones o gobiernos. Hablo de una manera de entender la vida. De descubrir que las injusticias no son inevitables, que la realidad se puede transformar y que no alcanza con indignarse cuando algo está mal.
Milité, golpeé puertas, repartí listas, compartí mates, conocí personas maravillosas y también me llevé unas cuantas desilusiones. Aprendí que la política puede ser una herramienta extraordinaria para mejorar la vida de la gente, pero también que hay que cuidarla de los egos, las vanidades y de quienes olvidan para qué llegaron a determinados lugares.
Sigo creyendo en la política. Muchísimo. Aunque a veces me enoje, me duela y me canse. Porque nunca pude acostumbrarme a mirar para otro lado.
Quizás por eso elegí también trabajar en salud. Porque detrás de cada número, cada diagnóstico y cada decisión hay personas. Personas con historias, miedos, necesidades y sueños. Y porque me sigue resultando insoportable que el lugar donde alguien nace, el dinero que tiene o las oportunidades que recibió determinen cuánto puede vivir, cuánto puede sufrir o hasta cuánto puede sonreír.
Pero mi vida no es solamente trabajo y militancia.
Mi vida también es Rodrigo.
Y hablar de él es hablar de una de las construcciones más importantes de mi existencia.
Nos encontramos cuando yo llevaba unas cuantas heridas encima. No llegué siendo una persona resuelta, ni con todos mis problemas solucionados. Llegué con miedos, inseguridades, contradicciones y muchas ganas de querer y de que me quisieran.
Con Rodrigo aprendí que el amor no consiste en encontrar a alguien que venga a salvarte. Consiste en encontrar a alguien con quien valga la pena construir. Incluso cuando construir es difícil. Incluso cuando hay que volver a empezar.
Hemos construido una vida. Nuestra vida. Con proyectos, discusiones, alegrías, preocupaciones, sueños compartidos y esas pequeñas cosas cotidianas que terminan siendo las más grandes.
Lo amo profundamente. No porque nuestra historia sea perfecta, sino porque es nuestra. Porque nos elegimos, porque hemos crecido y porque seguimos encontrando motivos para caminar juntos.
Y si algo me enseñó ese amor es que formar una familia también puede ser una decisión que se toma todos los días.
Hay otra parte de mi vida que ocupa un lugar enorme: mis amistades.
Soy de los que creen que la amistad es una forma de amor. De las más generosas, de las más necesarias y, a veces, de las más difíciles de encontrar.
Le doy un valor inmenso a la lealtad, a la confianza y a la palabra. No espero que mis amigos piensen siempre como yo, ni que estén de acuerdo conmigo en todo. Espero algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: saber que podemos contar unos con otros.
Me gustan las mesas largas, las conversaciones interminables, cocinar para quienes quiero, celebrar los encuentros y hacer de cualquier excusa una oportunidad para estar juntos.
He tenido amistades que fueron refugio en momentos terribles. Y también conocí la decepción de descubrir que algunas personas no eran lo que yo creía.
Me dolió. Mucho. Porque cuando quiero, quiero de verdad. Y porque todavía me cuesta entender ciertas formas de traicionar la confianza.
Pero no quiero que las decepciones me conviertan en alguien desconfiado. Prefiero seguir creyendo en las personas, aun sabiendo que alguna vez puedo volver a equivocarme.
También quiero hablar de lo que duele.
De mi infancia, de las violencias, de los silencios, de los miedos. De momentos en los que me costó muchísimo encontrar un lugar en el mundo. De las veces que sentí que tenía que esconder partes de mí para poder ser querido.
Quiero hablar de la salud mental, de los consumos, de las pérdidas y de esas heridas que no desaparecen simplemente porque pasan los años.
Y quiero hablar de mi obesidad.
No como una confesión vergonzante ni como una historia de voluntad, dietas y kilos perdidos. Quiero hablar de la obesidad como la enfermedad crónica y compleja con la que convivo, pero también de todo lo que hay alrededor de ella.
De mi relación con la comida, con mi cuerpo, con el espejo y con la mirada de los demás. De lo difícil que puede resultar vivir en una sociedad que se siente con derecho a opinar sobre los cuerpos ajenos. De la culpa, de los intentos, de los avances y de los retrocesos.
Hay días en los que me quiero mucho. Otros en los que me cuesta bastante más.
Y creo que también está bien poder decirlo.
Porque durante demasiado tiempo nos hicieron creer que para hablar de nuestras dificultades primero teníamos que haberlas superado. Que las historias merecen ser contadas solamente cuando tienen un final feliz.
Yo no tengo todas mis batallas resueltas. Algunas las sigo dando todos los días.
Y eso no me hace menos capaz de amar, de trabajar, de disfrutar, de tener proyectos ni de construir una vida que me guste.
No quiero que mis heridas sean mi identidad, pero tampoco quiero seguir fingiendo que no existen.
Supongo que de eso se tratará este espacio.
De escribir sobre política, sobre salud, sobre derechos, sobre las desigualdades que me indignan y las transformaciones que todavía sueño.
Pero también de hablar de amor, de familia, de amistad, de viajes, de música, de gastronomía, de recuerdos, de personas que marcaron mi vida y de las pequeñas cosas que hacen que valga la pena vivirla.
No pretendo tener razón en todo. De hecho, seguramente muchas veces me contradiga. Cambiar de opinión cuando uno aprende algo nuevo me parece una virtud, no una debilidad.
Tampoco quiero escribir desde un pedestal. No me interesa mostrar una vida ejemplar ni fabricar una versión prolija de mí mismo.
Quiero escribir desde donde estoy. Con mis convicciones, mis dudas, mis alegrías, mis dolores y mis enormes ganas de seguir aprendiendo.
Tengo una historia que no siempre fue fácil. Pero también tuve y tengo una vida llena de amor, de oportunidades, de personas extraordinarias y de momentos profundamente felices.
Y no quiero que una cosa borre la otra.
Porque fui un niño que sufrió, pero también uno que jugó y fue feliz. Fui un adolescente que tuvo miedo, pero también uno que descubrió que podía cambiar el mundo. Soy un adulto que todavía pelea con algunas de sus heridas, pero que también ama, trabaja, sueña, disfruta y se ríe a carcajadas.
No sé exactamente qué forma irá tomando este blog. Seguramente cambie conmigo.
Lo que sí sé es desde dónde quiero escribir.
Desde la sensibilidad, aunque a veces duela. Desde la política, aunque a veces decepcione. Desde el amor, aunque nos vuelva vulnerables. Desde la memoria, aunque haya recuerdos difíciles de visitar.
Y, sobre todo, desde una convicción que me acompaña desde hace muchos años: ninguna historia está terminada mientras tengamos ganas de seguir construyéndola.
Esta es la mía.
O, mejor dicho, una parte de ella.
Bienvenidos.