El sonido que me formó
Un JVC de dos parlantes, el festival de folclore de Durazno y un recuerdo detrás del escenario.
Antes de entender nada de música, ya la tenía adentro. Un JVC de dos parlantes, el cassette en el medio, sonando en casa desde que tengo memoria. Ahí aprendí, sin saberlo, que la música no se escucha: se habita.
Durazno me regaló la otra mitad de esa educación. El festival de folclore no era una opción, era una certeza de cada año, la fiesta que no admitía ausencias. Ahí, entre el público primero y después coleándome detrás del escenario sin que nadie me lo impidiera, la música dejó de ser algo que sonaba en una radio y se convirtió en algo que se vive de cerca, con nombre y apellido.
De esas escapadas de escenario quedó este recuerdo con Rada. Un cruce breve que el tiempo transformó en algo entrañable: la prueba de que aquel niño que grababa voces sobre las canciones del JVC terminó parado, aunque fuera un instante, al lado de uno de los grandes.
Gracias por esa música que se metió en las venas y nunca se fue.
Ese mismo día escribí también una despedida al Negro desde la salud bucal.