Hasta siempre, Negro Rada
Una despedida desde la salud bucal, al artista que hizo que cuidarse se sintiera como una fiesta. 1943–2026.
Negro querido:
Hay gente que es grande porque hizo cosas enormes. Y hay otra gente, muy poca, que es grande porque además nunca dejó de ser profundamente humana. Vos fuiste de esa segunda clase, y hoy me cuesta escribir en pasado.
Del artista van a hablar muchos, y seguramente mejor que yo: el candombe, esa voz, esa forma de hacer que un tambor sonara a alegría pura. Yo prefiero despedirte desde otro lugar. Desde el tipo bueno que había detrás del artista gigante. Desde la mirada, la cercanía, esa manera tuya de estar cerca del otro como si fuera lo más natural del mundo. Y quizás eso sea lo más difícil de despedir: no lo que alguien hizo, sino lo que alguien era.
Por esas vueltas raras que da la vida, mi profesión hizo que una de tus canciones se me metiera adentro para siempre. “Hay que cuidarse los dientes…” Y después el yuf, yuf, yuf, el ratatá, el flúor, los dulces, y esa forma tuya de convertir algo que podía sonar aburridísimo en juego, en ritmo, en fiesta.
Parece apenas una canción para gurises. No lo es. Durante años esa canción entró en escuelas, en salones, en consultorios, en casas de todo el país. La cantaron generaciones enteras de niñas y niños. Y quienes trabajamos en salud bucal la usamos una y mil veces para acercarnos, para enseñar, para que el cuidado no doliera. Ahí también estabas vos, aunque nunca lo hayas sabido del todo.
Esa era otra de tus grandezas, Negro: poner el arte al servicio de los demás sin hacer de eso un discurso. Sin solemnidad. Con una sonrisa, con ritmo, con ternura.
Lograste algo que en salud perseguimos todos los días y casi nunca alcanzamos: que cuidarse no se sintiera como una obligación, sino como algo compartido, cercano, hasta divertido.
Y eso, la verdad, no es poca cosa.
Por eso hoy pienso en todas las generaciones que aprendieron cantándote. En los gurises que hicieron el gesto del cepillo mientras sonaba tu voz, sin saber que estaban aprendiendo algo. En esas escenas mínimas que vos nunca viste y que sin embargo son parte de lo que dejaste. Qué cosa extraordinaria, dejar una huella que no vive solo en los escenarios ni en los discos, sino en la memoria de todos los días. En una canción que aparece de repente en la cabeza. En una sonrisa. En un niño que entendió algo porque vos encontraste la manera de contárselo cantando.
Hoy Uruguay pierde a uno de sus artistas más grandes. Pero los que tuvimos la suerte de sentir tu sensibilidad, aunque sea de lejos, perdemos algo todavía más difícil de explicar: una de esas personas que hacían que todo pareciera un poco más humano. Generoso. Compañero. Sensible al dolor ajeno como si fuera propio. Enorme artista, sí. Pero mucho más, enorme persona.
Quiero pensar que hay gente que nunca termina de irse del todo. Porque mañana alguien va a poner una canción tuya. En algún barrio va a sonar un tambor. Alguien va a contar una anécdota tuya y se va a reír solo. Y en alguna escuela de este país, un gurí va a volver a cantar: “Hay que cuidarse los dientes…” Y ahí vas a estar vos. Como estuviste tantas veces, sin siquiera saberlo.
Gracias, Negro. Por tu música, claro. Pero mucho más por tu generosidad, por tu ternura, por haber entendido, sin necesidad de explicarlo, que el arte también puede cuidar a la gente.
Esta despedida tuvo también un recuerdo más personal: el de aquel niño que, en Durazno, se coló detrás del escenario.
Hasta siempre, Rada. Y gracias. Gracias de verdad.