¿Quién decide cuándo una lucha se pasa de la raya?
Sobre la rebeldía, los límites de la tolerancia y el derecho a incomodar.
A los movimientos feministas y a la comunidad LGBTIQ+ se los acusa, una y otra vez, de radicalizarse, de exagerar, de ser intolerantes, autoritarios, de pasarse dieciocho pueblos. Como si quienes históricamente fueron silenciados tuvieran, además, la obligación de rebelarse con delicadeza.
Hay algo profundamente injusto en exigir moderación a quienes durante generaciones tuvieron que soportar que otros decidieran sobre sus cuerpos, sus deseos, sus identidades, sus libertades y sus formas de vivir.
Cuando la opresión no te deja levantar la cabeza, levantar demasiado la voz también es una forma de resistencia.
Muchas de las libertades que hoy reconocemos nacieron de personas que, en su momento, fueron consideradas exageradas, radicales o inaceptables. Lo que hoy es un derecho, ayer fue una amenaza.
La historia nos demuestra que cada avance implicó incomodar, desobedecer y cuestionar lo que se presentaba como natural e inmodificable.
La historia de las conquistas sociales está llena de personas que fueron señaladas por ir demasiado lejos. Las mujeres que reclamaron el derecho al voto, quienes lucharon contra la segregación racial o las primeras manifestaciones de las disidencias sexuales fueron, en su momento, consideradas una amenaza.
Sin embargo, con el tiempo, esas luchas se convirtieron en derechos que hoy consideramos básicos y de sentido común. Lo que ayer era visto como una provocación, una exageración o una amenaza, hoy forma parte de una sociedad más justa, más libre y más democrática.
La historia nos enseña que los derechos no llegan porque quienes tienen el poder sean generosos, sino porque hubo personas que se atrevieron a ir más allá de lo permitido.
Existe una forma sutil de mantener la desigualdad: reconocer nuestros derechos, pero pretender administrar las condiciones bajo las cuales podemos ejercerlos y defenderlos. Aceptan nuestra existencia, pero exigen que no incomodemos demasiado. Nos acompañan mientras nuestras reivindicaciones no cuestionen los privilegios establecidos. A la primera incomodidad, se suelta la mano.
Ahora bien, reconocer el valor de la rebeldía no significa que todo lo que se hace en nombre de una causa justa sea necesariamente correcto. Los movimientos sociales, como cualquier construcción colectiva, también se equivocan, tienen tensiones y deben poder mirarse críticamente.
La autocrítica no debilita una lucha, la fortalece. Porque cuestionar nuestras propias prácticas es parte de la madurez política y de la coherencia con la igualdad que buscamos.
La incomodidad que generan algunas luchas no proviene de sus métodos, sino de lo que ponen en evidencia: privilegios, injusticias y estructuras de poder que muchos prefieren no ver. Por eso, en lugar de escuchar lo que se plantea, se cuestiona la forma, se exagera el tono y se descalifica a quienes alzan la voz.
Incomodan más las preguntas que las respuestas. Porque cuando alguien se atreve a nombrar lo que otros callan, no solo interpela al poder: también nos interpela a todos y todas.
También aprendimos que la historia no es lineal ni definitiva. Ha habido avances, retrocesos, contradicciones y logros parciales. Nada está dado para siempre. Los derechos conquistados pueden ampliarse, pero también pueden ser vulnerados si no hay una ciudadanía activa, organizada y vigilante.
Los derechos no son un punto de llegada, sino una construcción permanente. Por eso, la memoria importa. Recordar de dónde venimos nos ayuda a cuidar lo que tenemos y a seguir avanzando hacia una sociedad más justa e igualitaria.
Mirar la historia también nos permite reconocer la fuerza de quienes abrieron caminos antes que nosotros. Personas que, en contextos difíciles, se animaron a cuestionar, a proponer, a organizar y a construir alternativas, muchas veces pagando un costo personal y colectivo.
Hoy caminamos sobre los hombros de muchas y muchos que no se rindieron. Reconocer su lucha no es solo un acto de gratitud, sino también un compromiso: seguir construyendo, desde nuestro lugar y con las herramientas de hoy, las transformaciones que aún nos quedan por delante.
Esta historia me enseñó que la injusticia no es un destino, sino una realidad que podemos transformar cuando nos reconocemos parte de un colectivo, cuando nos organizamos y cuando creemos en la fuerza de lo común. También me enseñó que el camino no se recorre solo. Que cada paso, por pequeño que parezca, suma y deja una huella en otras y otros.
Hoy sigo convencido de que otro mundo más justo, solidario e igualitario es posible.
Y elijo seguir aportando, desde mi lugar, para que más personas puedan vivir con derechos, con dignidad y con oportunidades reales.