AGUSTÍNCATALDO IGLESIAS Volver al inicio
OPINIÓN · 15 DE AGOSTO DE 2026

¿Y si el problema no fueran las y los jóvenes?

Cada 14 de agosto las calles se llenan de estudiantes. Quizá la pregunta no sea por qué las y los jóvenes participan menos, sino qué organizaciones estamos construyendo para que quieran quedarse.

Un arco azul de bloques con una pieza amarilla nueva en lo alto; debajo, círculos azules y amarillos de distintos tamaños

Cada tanto escucho la misma frase: “Las y los jóvenes ya no quieren militar”.

A veces cambia un poco la forma. “Son una generación individualista.” “Solo les interesa el celular.” “Ya no se comprometen.”

Y siempre me queda la misma pregunta. ¿Estamos seguros?

Ayer fue 14 de agosto. Y, como cada año, miles de estudiantes volvieron a llenar las calles del país. Universitarios, liceales, estudiantes de UTU, de formación docente y de tantos otros espacios marcharon juntos recordando a Líber Arce y a quienes dejaron una huella imborrable en la historia del movimiento estudiantil uruguayo.

Durante unas horas construyeron, quizás sin nombrarlo así, una enorme casa común. Un espacio donde conviven historias distintas, sensibilidades diferentes y una convicción compartida: que hay causas que solo pueden defenderse colectivamente.

Entonces la pregunta cambia. Porque si las calles vuelven a llenarse de jóvenes, quizá el problema no sea la falta de compromiso. Quizá el compromiso sigue estando.

Lo que debemos preguntarnos es si quienes construimos organizaciones políticas, sindicales, estudiantiles o sociales estamos siendo capaces de ofrecer espacios donde ese compromiso encuentre un lugar para crecer.

Paulo Freire decía que enseñar no es transferir conocimiento, sino crear las posibilidades para su propia producción o construcción. Quizá con la militancia ocurra exactamente lo mismo. Militar no consiste solamente en transmitir una historia. También consiste en crear las condiciones para que nuevas generaciones escriban la suya.

Antonio Gramsci sostenía que toda transformación política necesita construir una nueva cultura antes que una victoria electoral. Pero ninguna cultura nueva nace si quienes llegan encuentran todas las respuestas escritas de antemano. Si participar significa únicamente aprender cómo siempre se hicieron las cosas. Si la experiencia se transforma en una barrera para el cambio, y no en una herramienta para acompañarlo.

Vivimos tiempos distintos. La pandemia modificó formas de encuentro. Las redes sociales cambiaron los vínculos. Las organizaciones sociales y políticas enfrentan dificultades para sostener niveles de participación que hace algunas décadas parecían naturales.

Pero ese fenómeno no atraviesa solamente a las y los jóvenes. Nos atraviesa a todas y todos.

Quizá por eso la pregunta no sea por qué participan menos. Quizá la verdadera pregunta sea qué organizaciones estamos construyendo para que alguien quiera participar.

Boaventura de Sousa Santos sostiene que la democracia necesita ampliar permanentemente sus formas de participación. No alcanza con abrir la puerta. Hay que hacer sentir a quien entra que también puede cambiar la casa.

El desafío no es convencer a las y los jóvenes de que participen, sino construir espacios donde tengan ganas de quedarse.

Cada 14 de agosto recordamos a una generación que creyó profundamente que podía transformar el país. El mejor homenaje que podemos hacerles no es pedirles a las y los jóvenes que militen como ayer. Es tener la humildad de construir, junto a ellas y ellos, la militancia del mañana.

Eduardo Galeano, retomando una idea de Fernando Birri, decía que la utopía sirve para caminar. Quizá hoy esa caminata tenga otros ritmos, otras voces y otras formas.

Y eso no debería asustarnos. Debería llenarnos de esperanza.

Porque mientras haya jóvenes dispuestos a salir a la calle para defender una causa colectiva, la historia seguirá escribiéndose.

La pregunta ya no es si ellas y ellos quieren participar.

La verdadera pregunta es si nosotros estamos dispuestos a caminar a su lado.

Agustín
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