¿Todavía nos animamos a imaginar el futuro?
Discutimos menos proyectos y más episodios. Una reflexión sobre la política, la utopía y la responsabilidad de no resignarnos al presente.
Hay una sensación que hace tiempo me acompaña.
Vivimos en un mundo hiperconectado. Nunca fue tan sencillo opinar, reaccionar, indignarse o compartir una idea. Sin embargo, pocas veces parecimos tener menos tiempo para detenernos a pensar.
La velocidad le ganó profundidad a la conversación. Las redes sociales nos acostumbraron a responder antes de comprender, a tomar posición antes de escuchar y, muchas veces, a reducir debates complejos a una consigna de pocos caracteres.
Y quizá ese sea uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo. No solamente para la política. Para la democracia.
Antonio Gramsci escribía que “la crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer”. Quizá hoy esa frase vuelva a adquirir sentido. Vivimos un tiempo en el que pareciera más fácil señalar los errores del presente que construir una imagen compartida del futuro.
Y cuando una sociedad deja de imaginar el futuro, corre el riesgo de resignarse al presente. La política debería ser, justamente, el espacio donde una comunidad decide qué sociedad quiere construir.
Cada vez discutimos menos proyectos y más episodios. Más personas que ideas. Más escándalos que transformaciones. Más algoritmos que argumentos.
Byung-Chul Han advierte que la saturación de información no necesariamente produce más conocimiento; muchas veces genera más ruido. Y en medio de ese ruido resulta cada vez más difícil distinguir qué merece realmente nuestra atención. Quizá por eso también cuesta tanto sostener conversaciones largas, aceptar los matices o cambiar de opinión.
Sin embargo, ninguna transformación profunda nació de una respuesta inmediata.
Paulo Freire recordaba que el diálogo no consiste en convencer al otro, sino en construir conocimiento colectivamente. Y Hannah Arendt sostenía que la política encuentra su sentido cuando las personas crean un mundo común.
Esa idea parece sencilla, pero es profundamente revolucionaria. Porque implica reconocer que nadie posee toda la verdad, y que la democracia necesita mucho más que elecciones libres: necesita personas dispuestas a participar, escuchar y deliberar.
Rosa Luxemburgo decía que “la libertad es siempre la libertad de quien piensa diferente”. No era solamente una defensa de la libertad de expresión. Era una defensa de la democracia como ejercicio permanente de convivencia entre diferencias.
Quizá ahí esté uno de nuestros mayores desafíos. Volver a interesarnos por las ideas. Volver a discutir proyectos antes que personas. Volver a construir organizaciones donde la participación no sea un trámite, sino una convicción. Volver a creer que involucrarse vale la pena.
Porque las democracias no se deterioran únicamente cuando aparecen los autoritarismos. También se debilitan cuando la ciudadanía deja de sentirse protagonista. Cuando cree que nada puede cambiar. Cuando renuncia a participar. Cuando acepta que otros decidan por ella.
La política nunca fue solamente administrar el presente. También fue la capacidad de imaginar un futuro distinto. Y quizá la izquierda, desde sus distintas tradiciones, tenga allí una responsabilidad histórica: no administrar únicamente lo posible, sino mantener viva la esperanza de lo que todavía parece imposible.
Eduardo Galeano, recordando una idea del cineasta Fernando Birri, escribió una de las definiciones más hermosas de la utopía. La comparó con el horizonte: cada vez que damos unos pasos hacia ella, se aleja otros tantos. Y entonces se preguntaba para qué sirve. Su respuesta fue tan simple como profunda: “sirve para caminar”.
Tal vez de eso se trate. No de tener todas las respuestas, sino de no dejar nunca de caminar hacia una sociedad más justa, más democrática y más humana.
Porque el futuro no lo construyen quienes creen tener siempre la razón.
Lo construyen quienes todavía se animan a hacerse preguntas, a escuchar, a participar y a imaginar que otro mundo sigue siendo posible.