AGUSTÍNCATALDO IGLESIAS Volver al inicio
OPINIÓN · 17 DE JULIO DE 2026

¿Qué democracia queremos construir?

Votar es indispensable, pero no alcanza. Sobre los problemas que se repiten de gobierno en gobierno y la necesidad de políticas de Estado.

Un círculo formado por cuatro cuartos, dos azules y dos amarillos alternados, levemente separados

Hay una idea que hace días me ronda la cabeza.

Vivimos en un país con una sólida tradición democrática. Elegimos nuestros gobiernos mediante el voto, existe alternancia en el poder y contamos con partidos políticos fuertes que expresan proyectos diferentes de sociedad. Todo eso no es un problema; es una de las mayores fortalezas del Uruguay.

Pero una democracia no se sostiene únicamente porque haya elecciones cada cinco años.

Como advertía Hannah Arendt, la política encuentra su sentido cuando es capaz de construir un mundo compartido. Y Jürgen Habermas recordaba que la democracia necesita deliberación, acuerdos y la capacidad de escuchar al otro. Votar es indispensable, pero no alcanza.

Hace dos semanas escribía sobre las mujeres en política. La semana pasada reflexionaba sobre el avance del neonazismo y los discursos de odio. Hoy vuelvo a una preocupación que atraviesa esos temas:

El deterioro democrático no comienza cuando dejamos de votar; comienza cuando dejamos de dialogar.

Basta mirar algunos de los grandes problemas nacionales.

La inseguridad sigue ocupando el centro del debate político. Cambian los gobiernos, cambian las estrategias, pero el problema permanece y los discursos parecen repetirse una y otra vez.

Lo mismo ocurre con las personas en situación de calle. Durante el período pasado su número creció significativamente, y hoy continúa siendo una preocupación social. Sin embargo, hace más de una década que escuchamos diagnósticos similares desde distintos lugares del sistema político. Cambian quienes denuncian el problema y quienes deben enfrentarlo, pero rara vez cambia la lógica del debate.

Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿cuándo un problema deja de ser patrimonio de un gobierno o de una oposición para convertirse verdaderamente en una política de Estado?

Las diferencias ideológicas son necesarias. No imagino una democracia sin proyectos políticos distintos, sin confrontación de ideas ni sin oposición firme. Sería una democracia empobrecida.

Lo preocupante es cuando esa confrontación se vuelve un fin en sí mismo, y los problemas estructurales terminan funcionando más como herramientas de disputa electoral que como desafíos colectivos.

Hace pocos días, en la sesión del Senado que trató la acuñación de monedas por los 170 años del nacimiento de José Batlle y Ordóñez, un senador habló del “sueño húmedo batllista”. Más allá de lo agraviante de la expresión, me quedó una reflexión: el mayor legado del batllismo quizá no haya sido una etiqueta política, sino la capacidad de impulsar transformaciones que trascendieron gobiernos y generaciones.

Algo parecido puede decirse, desde tradiciones políticas distintas, de dirigentes como Tabaré Vázquez, José Mujica, Michelle Bachelet o Claudia Sheinbaum, quienes en distintos momentos insistieron en que gobernar implica pensar más allá del próximo ciclo electoral y fortalecer las instituciones por encima de las coyunturas.

Porque una democracia madura no es aquella donde todos piensan igual. Es aquella donde, aun pensando distinto, existe la capacidad de acordar que hay temas que no admiten cinco años de discursos repetidos.

La violencia contra las mujeres, la pobreza, las personas en situación de calle, la salud mental, las adicciones, la inseguridad, los discursos de odio, la homofobia, la transfobia o el avance del extremismo no deberían ser banderas circunstanciales. Son heridas sociales que requieren continuidad, evaluación y acuerdos duraderos.

Quizá el verdadero desafío democrático no sea ganar la próxima elección. Quizá sea lograr que, gobierne quien gobierne, existan políticas que el país decida cuidar entre todos.

Porque si dentro de diez años seguimos pronunciando los mismos discursos frente a los mismos problemas, tal vez no estemos fallando solamente en las respuestas.

Tal vez debamos preguntarnos si también estamos fallando en la forma de hacer política.

Agustín
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