El orgullo nunca fue una fiesta sin historia
En el Día Internacional del Orgullo LGBTIQ+, una reflexión sobre la memoria, los derechos que no fueron un regalo y el niño que alguna vez creyó que debía esconderse.
Nació de quienes dijeron basta cuando el miedo pretendía convertirse en destino. De quienes resistieron la violencia, la discriminación y el silencio para que hoy muchas personas podamos vivir con un poco más de libertad.
Por eso el orgullo no es un privilegio. Es memoria. Es la convicción de que ningún derecho fue un regalo, y de que ninguno está garantizado para siempre.
Hoy pienso en ese niño que alguna vez creyó que debía esconder una parte de sí para ser aceptado. Me gustaría abrazarlo y decirle que un día entendería que no había nada malo en él. Que el problema nunca fue amar, sino una sociedad que durante demasiado tiempo enseñó a avergonzarse de hacerlo.
Ser quien uno es, amar con libertad y caminar con la frente en alto no debería requerir valentía. Sin embargo, para muchas personas todavía la requiere.
Seguimos levantando la bandera del orgullo: no para ser más que nadie, sino para que nadie tenga que ser menos por ser quien es.
Que el orgullo siga siendo memoria, resistencia, ternura y esperanza. Y que llegue el día en que ya no haga falta explicar por qué todas las personas merecemos vivir con la misma dignidad.
Porque una sociedad más justa no se construye cuando algunas personas tienen más derechos, sino cuando nadie queda afuera.