AGUSTÍNCATALDO IGLESIAS Volver al inicio
OPINIÓN · 19 DE JUNIO DE 2026

¿Cuidamos al otro o alimentamos nuestra necesidad?

Regalamos, acompañamos, aconsejamos. Una pregunta incómoda sobre cuánto de lo que hacemos por los demás es, en realidad, para nosotros.

Un círculo partido en dos mitades, una amarilla y otra azul, separadas por un espacio

Nos gusta pensar que muchas de nuestras acciones están orientadas al bienestar de los demás. Regalamos, acompañamos, aconsejamos, ayudamos. Pero vale la pena detenernos un momento y hacernos una pregunta incómoda: ¿cuánto de eso responde realmente a las necesidades del otro, y cuánto a nuestra propia necesidad de sentirnos útiles, buenos o necesarios?

El filósofo Emmanuel Levinas sostenía que el verdadero encuentro con el otro comienza cuando somos capaces de reconocer su singularidad, sin reducirla a nuestras expectativas o deseos. Sin embargo, muchas veces nos relacionamos desde lo que creemos que el otro necesita, sin detenernos a preguntarle qué quiere, qué siente o qué espera.

Algo similar ocurre con los gestos cotidianos. Cuando elegimos un regalo para alguien que queremos, ¿pensamos en aquello que realmente lo emociona, o terminamos eligiendo lo que nos resulta más fácil, más cómodo o más cercano a nuestros propios gustos? Con frecuencia confundimos conocer al otro con conocer sus consumos. Conocerlo implica comprender sus sueños, sus miedos, sus afectos y aquello que le da sentido a su vida.

Desde la psicología humanista, Carl Rogers planteaba que una de las formas más profundas de amor y cuidado es la escucha genuina: aquella que intenta comprender la experiencia del otro desde su propio marco de referencia.

Escuchar para entender, no para responder. Acompañar para sostener, no para protagonizar.

Tal vez por eso los regalos o gestos que más recordamos no suelen ser los más costosos, sino los que nos hacen sentir vistos. Esos momentos en los que percibimos que alguien se tomó el tiempo de conocernos de verdad.

En una sociedad que nos empuja permanentemente hacia el rendimiento, el reconocimiento y la validación personal, quizás uno de los actos más revolucionarios sea salir de nosotros mismos por un momento y preguntarnos, con honestidad: ¿esto que hago es para el otro o es para mí?

La respuesta, probablemente, nos sorprenda.

Agustín
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