AGUSTÍNCATALDO IGLESIAS Volver al inicio
OPINIÓN · 25 DE JULIO DE 2026

Cuando la muerte de un niño deja de conmovernos

Hay noticias que deberían detenerlo todo. Una reflexión sobre el duelo, la disputa política y las infancias que una sociedad debe proteger.

Un arco azul marino que cobija un pequeño círculo amarillo

Hay noticias que deberían detenerlo todo. La muerte de un niño de doce años debería ser una de ellas.

Sin embargo, antes de que pudiéramos hacer silencio, comenzaron las preguntas que ya conocemos. Desde la política aparecieron las acusaciones cruzadas. Desde las redes sociales surgieron los juicios inmediatos. Unos señalaron al gobierno. Otros preguntaron qué hacía un niño en la calle a esa hora. Otros buscaron responsabilidades familiares.

Y entonces me pregunté algo que me cuesta sacarme de la cabeza.

¿En qué momento la muerte de un niño dejó de ser, antes que nada, una tragedia colectiva, para convertirse en un argumento político o en un juicio moral?

La filósofa Judith Butler sostiene que una sociedad se define, entre otras cosas, por la forma en que reconoce el valor de las vidas vulnerables. No todas las vidas reciben el mismo duelo, ni la misma atención, ni la misma capacidad de conmovernos. Hay vidas que rápidamente quedan atrapadas en explicaciones, estadísticas o disputas.

Y eso debería inquietarnos.

Antes de preguntarnos dónde estaba ese niño, quizás deberíamos preguntarnos dónde estábamos nosotros como sociedad.

La antropóloga Rita Segato ha insistido en que la violencia no nace de un día para otro. Se construye lentamente cuando dejamos de cuidar, cuando naturalizamos desigualdades, cuando aceptamos que determinados territorios, determinadas infancias o determinadas personas vivan expuestas a riesgos que jamás aceptaríamos para otras.

La muerte de un niño nunca puede reducirse a una discusión sobre seguridad. Tampoco puede agotarse en una discusión sobre la responsabilidad de una familia.

Habla de pobreza.
Habla de exclusión.
Habla de oportunidades perdidas.
Habla de instituciones que llegan tarde.
Habla de comunidades que muchas veces ya no logran proteger.

Y sí, también habla de seguridad pública.

Pero ninguna de esas dimensiones, por sí sola, alcanza para explicar una tragedia semejante.

El filósofo Achille Mbembe plantea que una de las expresiones más profundas de la desigualdad aparece cuando algunas vidas quedan expuestas a la violencia de manera permanente. Cuando vivir o morir depende demasiado del lugar donde se nace, del barrio en el que se crece o de las oportunidades que nunca llegaron.

No podemos aceptar que existan infancias para las que el riesgo sea parte de la rutina. No podemos resignarnos a pensar que hay niños destinados a crecer demasiado rápido. Ni aceptar que una muerte se transforme, en cuestión de horas, en una oportunidad para confirmar prejuicios o fortalecer discursos partidarios.

Una democracia madura no se pone a prueba solamente el día de las elecciones. También se pone a prueba cuando enfrenta sus tragedias.

Porque hay momentos en los que la política tiene la obligación de debatir con firmeza. Y hay otros en los que, antes de hablar, debería hacer algo mucho más difícil.

Guardar silencio.
Escuchar.

Y recordar que detrás de cada titular había una vida.
Un niño.
Doce años.

Nada de lo que digamos devolverá esa vida. Pero sí podemos decidir qué hacemos con el dolor que deja. Podemos convertirlo en otro capítulo de la disputa permanente. O podemos dejar que nos obligue, por fin, a construir acuerdos que protejan a nuestras niñas, niños y adolescentes por encima de cualquier diferencia política.

Porque el verdadero fracaso no empieza cuando un gobierno no encuentra una respuesta inmediata. Empieza cuando una sociedad deja de conmoverse y convierte la muerte de un niño en un argumento más dentro de una discusión.

Y ese es un lugar al que no deberíamos estar dispuestos a llegar jamás.

Agustín
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