Cristina Lustemberg y la incomodidad que generan las mujeres cuando ejercen poder
No incomoda que las mujeres participen en política, sino que ejerzan poder. Una reflexión a partir del Foro de Mujeres Líderes.
Hay algo que todavía incomoda en nuestras democracias. No que las mujeres participen en política, sino que ejerzan poder: que construyan liderazgo propio, acumulen legitimidad y tomen decisiones. Y creo que parte de lo que estamos viendo hoy con la Dra. Cristina Lustemberg tiene mucho que ver con eso.
Hace algunas semanas, durante el Foro de Mujeres Líderes, Lustemberg compartió una reflexión tan simple como profunda. En medio de la exposición pública, de la presión cotidiana y de las responsabilidades de gobierno, reconoció que muchas veces se pregunta: “¿Vale la pena?”. No es una frase menor. Es una pregunta que probablemente se hayan hecho muchas mujeres que ocuparon espacios de decisión antes que ella, porque la política sigue siendo un espacio desigual.
La exposición pública suele ser más dura para las mujeres. El escrutinio es más intenso y el margen para equivocarse, más pequeño. A los hombres se les reconoce autoridad; a las mujeres se les cuestiona el carácter. A los hombres se les atribuye liderazgo; a las mujeres se les exige demostrar una y otra vez que merecen estar donde están. Y eso sigue ocurriendo incluso en sociedades que se consideran avanzadas en materia de derechos.
A los hombres se les celebra la firmeza; a las mujeres se les critica el tono.
La filósofa Simone de Beauvoir advirtió hace décadas que las mujeres eran frecuentemente definidas desde la mirada de otros, y no desde su propia autonomía. Con distintas palabras, muchas pensadoras contemporáneas han señalado que las estructuras de poder continúan reproduciendo expectativas diferentes para hombres y mujeres. La política no escapa a esa realidad. Todavía existe una expectativa silenciosa según la cual las mujeres deben liderar sin incomodar demasiado, ejercer autoridad sin parecer autoritarias, construir poder sin mostrar ambición y tomar decisiones sin generar resistencias. Una exigencia imposible.
Por eso me pareció especialmente relevante otra reflexión de Lustemberg en ese mismo foro. La ministra planteó que las mujeres no deberían verse obligadas a endurecerse ni a renunciar a su sensibilidad para poder permanecer en los espacios de poder. Allí hay una definición política de enorme profundidad. Durante mucho tiempo, muchas mujeres sintieron que, para ser aceptadas, debían adaptarse a formas de liderazgo construidas históricamente desde lógicas masculinas. Había que parecer más duras, más frías, más distantes. Lustemberg propone algo diferente: la posibilidad de ejercer liderazgo sin renunciar a la empatía, de gobernar sin abandonar la sensibilidad, de construir autoridad sin dejar de escuchar. Y esa discusión trasciende a una persona.
Michelle Bachelet sostuvo en múltiples oportunidades que las mujeres no solo tienen derecho a participar en política, sino también a transformar sus prioridades. No se trata únicamente de ocupar espacios, sino de aportar nuevas perspectivas sobre los problemas colectivos y nuevas formas de construir soluciones. En la misma línea, Claudia Sheinbaum ha insistido en que los avances de las mujeres no pueden medirse solamente por los cargos que ocupan, sino por su capacidad real de ejercer derechos, influir en las decisiones y abrir camino para otras. Cuando afirma que ninguna mujer llega sola, recuerda que detrás de cada liderazgo femenino hay una historia colectiva de luchas y conquistas.
Creo que esa reflexión ayuda a comprender mejor lo que ocurre hoy en Uruguay. Cristina Lustemberg no es únicamente una ministra: es una dirigente política con una construcción propia. Hay años de formación, de trabajo, de gestión, de territorio y de compromiso con la salud pública. Hay conocimiento técnico, experiencia, cercanía, y hay algo particularmente valioso en tiempos de desconfianza hacia la política: credibilidad. La ciudadanía percibe que conoce el sistema de salud porque lo recorrió, lo estudió y trabajó dentro de él durante años.
Por eso, las transformaciones impulsadas desde el Ministerio de Salud Pública tienen también una dimensión política que trasciende la gestión cotidiana. Cuando los medicamentos llegan a localidades históricamente postergadas, cuando se incorporan prestaciones que antes dependían de la capacidad económica de las familias, cuando se reducen desigualdades territoriales, cuando se reafirma que la calidad de la atención no puede depender del lugar donde una persona nació o vive, no estamos hablando solamente de medidas administrativas. Estamos hablando de decisiones que modifican realidades concretas.
Y las transformaciones reales siempre generan resistencias, porque cambiar implica afectar inercias, cuestionar privilegios y disputar sentidos instalados durante años. Por eso, muchas veces, las reacciones más intensas no aparecen frente a la continuidad, sino frente al cambio.
No creo que toda crítica hacia una mujer que gobierna sea machista. Tampoco creo que ninguna figura pública deba quedar exenta de cuestionamientos. La crítica forma parte de la democracia y fortalece la vida pública. Pero también sería ingenuo ignorar que las mujeres siguen enfrentando formas de cuestionamiento que rara vez reciben los hombres con la misma intensidad. Ese sigue siendo uno de los desafíos pendientes de nuestras democracias.
Tal vez por eso Cristina Lustemberg genere tanta adhesión y también alguna resistencia. Las transformaciones siempre incomodan. Pero hay algo que incomoda todavía más: que una mujer las lidere.
La verdadera discusión ya no es si las mujeres están preparadas para ejercer el poder; hace tiempo que demostraron que lo están. La discusión es si nuestras estructuras políticas, sociales y culturales están preparadas para aceptar plenamente que lo ejerzan.
Y la respuesta, a juzgar por algunas reacciones, sigue siendo incómodamente evidente.