AGUSTÍNCATALDO IGLESIAS Volver al inicio
OPINIÓN · 1 DE SETIEMBRE DE 2026

Otra vez estamos hablando después

Si aceptamos que la violencia basada en género no empieza el día de su expresión más brutal, también tenemos que aceptar que nuestra responsabilidad empieza mucho antes.

Un círculo violeta rodeado de arcos azules concéntricos, como señales que se expanden

Hay hechos frente a los que cuesta escribir. No porque falten palabras, sino porque cualquier palabra parece pequeña.

Ayer, una estudiante de la Universidad de la República fue víctima de un gravísimo episodio de violencia —un intento de femicidio— en un lugar al que había ido a estudiar. En un espacio universitario. En nuestra Universidad.

Podría escribir sobre la conmoción. Sobre el miedo. Sobre la tristeza. Sobre la solidaridad imprescindible con ella, con su familia, con sus compañeras y compañeros. Todo eso es necesario.

Pero hay algo que me incomoda profundamente: otra vez estamos hablando después.

Después de la violencia.
Después del daño.
Después de que alguien estuvo en riesgo.

Y entonces aparecen los comunicados, las condenas, las movilizaciones, las preguntas sobre qué falló y la búsqueda de responsabilidades. Todo eso importa. Pero no puede alcanzarnos.

Porque si aceptamos que la violencia basada en género no comienza el día en que alcanza su expresión más brutal, entonces también tenemos que aceptar que nuestra responsabilidad empieza mucho antes.

Empieza cuando alguien pide ayuda.
Cuando cuenta algo y dudamos.
Cuando una conducta preocupa y preferimos no involucrarnos.
Cuando naturalizamos el control, los celos, el hostigamiento o la persecución porque todavía no hubo un golpe.
Cuando una institución tiene protocolos que existen en el papel, pero que quienes los necesitan no conocen, no encuentran o no se sienten capaces de utilizar.
Y también cuando creemos que la seguridad consiste únicamente en reaccionar frente a una emergencia.

Las instituciones tienen una responsabilidad enorme. También la Universidad. Una Universidad no puede proponerse únicamente formar excelentes profesionales. Tiene que ser capaz de construir lugares donde quienes estudian, trabajan, enseñan e investigan puedan hacerlo con libertad y sin miedo.

Y eso obliga a preguntarnos cosas incómodas. ¿Sabemos detectar las señales antes de que ocurra lo peor? ¿Tenemos mecanismos suficientemente accesibles para pedir ayuda? ¿Las personas saben dónde recurrir? ¿Escuchamos? ¿Acompañamos? ¿Actuamos a tiempo?

Porque muchas veces las señales existen. Lo difícil es construir una sociedad y unas instituciones capaces de verlas, escucharlas y actuar frente a ellas.

Hay otra cosa que estos días también deberían enseñarnos. Una persona que atraviesa una situación de violencia no deja de ser dueña de su historia. Su dolor no puede convertirse en contenido. Su nombre, sus imágenes, su historia clínica, sus vínculos o los detalles de lo vivido no nos pertenecen.

Podemos exigir respuestas sin invadirla. Podemos reclamar justicia sin exponerla. Podemos acompañar sin apropiarnos de su historia.

Quizás esa también sea una forma de cuidado.

Hoy la prioridad es ella. Su vida, su recuperación, su intimidad y quienes la quieren.

Pero mañana, cuando la noticia deje de ocupar titulares, tendremos una responsabilidad todavía mayor: que esto no quede solamente en la indignación de estas horas. Porque los minutos de silencio, los comunicados y las movilizaciones tienen sentido si después somos capaces de transformar algo.

Habrá que revisar protocolos. Habrá que discutir seguridad. Habrá que fortalecer dispositivos de atención y acompañamiento. Habrá que educar. Habrá que trabajar con las masculinidades. Habrá que construir redes. Y, sobre todo, habrá que aprender a escuchar mucho antes.

No podemos prometer que nunca más ocurrirá violencia. Sería irresponsable hacerlo. Sí podemos comprometernos a no mirar para otro lado. A construir instituciones que lleguen antes.

Antes del golpe.
Antes del miedo.
Antes del daño.

Porque quizás de eso se trate verdaderamente cuidar.

Y porque cuando una mujer necesita que lleguemos a tiempo, llegar después ya es demasiado tarde.

Agustín
Compartir Más opiniones